Francesca Woodman: La Imagen del Alma

Francesca Woodman (1958 – 1981) fue una fotógrafa estadounidense. Su trabajo se incluye dentro de la generación de mujeres de vanguardia de la década de los 70.

Como amante de la fotografía me cuesta mucho hablar de sus vidas, o incluso de su obra. Sus trabajos deberían ser suficientes para expresar todo lo que querían contar. No obstante, a veces son importantes los datos biográficos para entender la obra. A veces incluso resultan imprescindibles. Era hija de artistas plásticos, y su infancia y primera juventud transcurre entre Colorado y Antelia, una pequeña localidad Toscana. Empieza muy pronto a fotografiar, con 13 años, manifestando ya un estilo propio de retratos entre sombras. Entre 1975 y 1979 estudia en la Rhode Island School of Design en Providence, graduándose con honores, y consiguiendo una beca que le permitiría pasar un año en Roma, donde pule su estilo, y adquiere una importante influencia de corrientes futuristas.

El trabajo de Francesca Goodman es inquietante, y bello, o quizás debería decir inquietantemente bello. Podría añadir algo de suspense a su vida, y no adelantar que se truncó pronto. Extraordinariamente pronto. Las fotografías de Francesca Woodman muestran la mayor parte de las veces la belleza de la juventud (casi siempre eran autorretratos) en entornos decadentes, llenos de elementos extraños, como si el paso del tiempo, el deterioro y la muerte estuvieran siempre presentes en la obra de la artista.

No dudo que en tiempos del Intagram su obra habría alcanzado la categoría que en su época le fue negada. Sus obras, a pesar de ser realizadas en los años 70 son modernas, casi diría que aún hoy resultan adelantadas a su tiempo. De hecho, debido al número de autorretratos, muchos expertos actuales la consideran la pionera del llamado “selfie”, aunque su fotografía no refleja sólo una imagen , sino que va mucho mas allá, habla de sensibilidad, dolor, y belleza.

Se ha visto en su final la huella de una ciudad (Nueva York) que no quiso, o que no pudo comprenderla. Resulta simple reducir la vida y la muerte de una artista tan peculiar a la impaciencia de una joven que vive sus primeros fracasos. Hay mucho mas en su decisión de dejar de vivir, en donde la sensibilidad y la propia depresión tengan mayor protagonismo que los hechos que rodearon los últimos días de vida (abandono amoroso, dificultad de encontrar un hueco en el ambiente artístico neoyorkino,…). Un día de 1981 decidió acabar con todo entre el bosque de rascacielos de la ciudad en donde otros muchos encontraron su oportunidad.

La fotografía de Woodman quizás nos recuerde que nosotros también somos seres caducos, en proceso de envejecimiento irreversible, como las paredes y los muebles de los que aparece rodeada en las fotografías. Nada es eterno, o quizás todo lo contrario, la belleza es eterna, independientemente de nuestra figura, que en ocasiones parece desvanecerse entre muros, como en un tránsito permanente.

Quizás su voluntaria muerte no fuera mas que el grito final en el que reivindicaba que lo importante es la obra, y el cuerpo, mero instrumento.