La Generación que Nunca Existió

Hay todavía quien piensa que la Transición Española se desarrolló en una sociedad sin fracturas, monocorde y moderna, preparada para dar el salto de una dictadura de cuarenta años a una democracia plenamente integrada en Occidente. Nada mas lejos de la realidad. La sociedad española de las décadas de los setenta y ochenta manifestaba a las claras los enormes problemas que manifiesta cualquier estructura que en una década escasa se plantee transitar desde el feudalismo hacia la modernidad. Algunos países de nuestro entorno realizaron ese tránsito en un siglo. La rapidez de nuestro proceso sacó a la luz graves desigualdades de las que el fenómeno de los quinquis no es mas que la punta de un enorme iceberg.

 

Aunque la máxima representación del “Quinquismo” de la década de los ochenta es el llamado “Cine Quinqui”, la tesis que pretendo defender es que es un fenómeno de hondo carácter social, y que el denominado tipo de cine no es mas que una manifestación en celuloide de una realidad social. Un cine que, a pesar de no dar ninguna concesión al espectador (son famosos los “Close-up” de Eloy de la Iglesia, auténtico director fetiche del género, sobre los picos de heroína, o sus escenas de sexo explícitas) “rompe” casi siempre las taquillas y constituyen una suerte de “neorrealismo español” que oficialmente, nunca existió. Los quinquis eran una clara manifestación de la violencia y la brecha social que en esos momentos vivía la sociedad española. La sociedad de los setenta y de los ochenta es una sociedad profundamente injusta, con grandes bolsas de pobreza y analfabetismo, e importantes remanentes de conflictividad política e ideológica, que llenaban las cárceles y las ciudades españolas. El denominado cine quinqui, no es otra cosa que “cinema verité”, que la censura y el “establishment” no pueden controlar ni detener. La voluntad de los primeros que se atreven a sacar “esas vergüenzas” al aire (De la Loma o el propio De la Iglesia), estaba mas cerca de la denuncia social que de la mera realización cinematográfica (de hecho, de la Loma era educador de menores). El porqué el público español llena las salas para ver lo que probablemente en sus calles se negaba a mirar, es algo que quizás fuera digno de posteriores estudios, pero lo cierto es que se convierten en auténticos “taquillazos”, con un público absolutamente entregado y una crítica que se dividía entre asombrada y asqueada a partes iguales. Lo cierto es que al fenómeno contribuyeron no sólo directores casi “amateur” o de segunda fila, sino creadores tan reputados como Carlos Saura, que en “Deprisa, deprisa” entra de lleno en todas las convenciones del género. La comunión en este caso, entre cine y sociología es casi total, y constituye un testimonio impagable de un fenómeno, por otro lado, muy poco estudiado desde el punto de vista académico.

 

Con el advenimiento de la democracia, y la aparición de los gobiernos del PSOE, se entra en un proceso de modernización de España (… a este país no lo conocería ni “la madre que lo parió” en palabras del entonces Vicepresidente del gobierno, Alfonso Guerra), que como todo proceso, tiene mucho de realidad, y mucho de propaganda. En este sentido, los quinquis que había invadido en buena parte las pantallas de los ochenta “sobraban” como una realidad incómoda, que por supuesto había que erradicar, y de cualquier manera, ocultar. Quizás en su defensa es necesario añadir que ningún país gobernado por la socialdemocracia puede permitirse las condiciones sociales que alimentaban y que constituían la génesis de dicho fenómeno. Para entender la situación es imprescindible conocer la realidad española de los años inmediatamente posteriores a la transición. El fenómeno del quinqui va íntimamente ligado al desarrollo de las ciudades. En este sentido, no hay quinquis “rurales”. Cuando hablamos de Quinquis no sólo hablamos de lumpen, delincuencia juvenil o jóvenes de clase obrera. Es un grupo “independiente”, con sus propias características y origen. Por otro lado, es netamente español. Cada Sociedad crea sus “monstruos”, y los quinquis de los ochenta, son en este sentido, un “fenómeno puro”, una sociedad que a la vez, los crea y poco a poco, y según la sociedad española va evolucionando hacia otro modelo, los va eliminando. De esa “eliminación” es sin duda responsable el desarrollo económico que vive este país a lo largo de la década de los noventa, pero conviene también tener en cuenta que la propia dinámica del grupo y sus hábitos de vida (mas en concreto la adicción a la heroína) contribuyeron a que dicha desaparición fuera, en la mayoría de los casos, literal.

 

La heroína, ese “Producto Perfecto” del que hablaba Burroughs, barre casi una generación. Pero definamos un poco mejor el marco social: En 1982, la tasa de paro era del 17%. Había 2,3 % millones de parados y la inflación era del 14,7 %. Desde la década de los años 60 se produce un fuerte crecimiento de la población de los núcleos urbanos, básicamente Madrid y Barcelona. El área metropolitana de Barcelona recibió a mas de un millón de inmigrantes entre los años cincuenta y setenta. En la mayor parte de las ocasiones dicho crecimiento provenía de la inmigración de las áreas rurales, instalándose en barrios marginales cuando no directamente en ghettos chabolistas, en condiciones de infravivienda, escasez de servicios, y hacinamiento. Llevando consigo fuertes procesos de estigmatización, que alimentaban, y a la vez resultan esenciales del fenómeno “quinqui”.

 

El “quinqui” nace. No se hace. Y como tal, sus posibilidades de reinserción una vez iniciado cualquier camino “desviado” son prácticamente nulas. El Quinqui es el desheredado, para el que ya desde su nacimiento, no hay oportunidades. Sólo el esfuerzo de ciertas asociaciones, en ocasiones ligadas a la iglesia, conseguía , en algunos casos, “romper” esa dinámica. Merece especial mención el papel que jugaban las instituciones penitenciarias de aquellas décadas, que mas que reinsertar, hundían al sujeto de manera mucho mas dramática en un futuro ya de por si incierto. No constituyen una tribu urbana, sino un efecto “puro” de su situación de clase. No tienen adscripción como tribu básicamente porque el “quinqui” carece de conciencia de pertenencia, y aunque comparte un lenguaje y unos modos, no han elegido estar ahí. La sociedad española crece, se moderniza, y al quinqui no sólo lo elimina, sino que lo eclipsa con un movimiento mas “presentable” que después se denominó y estudió “ad nauseam”: La movida.

 

Social, y artísticamente hablando, “La Movida” se comió al quinqui. Y lo envió de donde nunca tenía que haber salido, a su marginalidad, a su desesperanza, y en muchos casos, a la muerte. Los navajeros dejan de ser protagonistas de películas y vuelven al reducido espacio de las páginas de sucesos. Frente a las teorías funcionalistas que propugnan la capacidad del individuo para “saltar” los obstáculos y barreras de clase desde su nacimiento, el “quinqui” manifiesta a las claras que determinadas situaciones sociales mantienen a sus individuos “pegados” a su herencia, sin mas posibilidad que la inmovilidad en su marginación. No son delincuentes de nacimiento, pero son caldo de cultivo para la delincuencia y la drogadicción.

 

Pero, ni todos los quinquis eran delincuentes y drogadictos, ni todos los delincuentes y drogadictos eran quinquis. Se nace quinqui. Pero no se nace delincuente. Aunque las condiciones sociales que les rodeaban les llevaran en línea recta hacia lo inevitable.

El artículo casi íntegro apareció por primera ver en el año 2015 en la revista "Fiat Lux"